El amor antes nacía en París. A la sombra de la Torre Eiffel, en las sillas de metal forjado de una cafetería encantadora. Olía a pan recién hecho y a café con leche en una mañana de domingo. Daba el cosquilleo en el estómago de un paseo en Vespa esquivando coches a toda velocidad, y enriquecía tanto como una semana, como una vida entera descubriendo los secretos del Louvre. Viendo la Gioconda y recorriendo catedrales góticas, andando de la mano por laberintos estampados en el suelo y cenando espaguetis a la luz de una vela para terminar besándose como la dama y el vagabundo.
El amor ahora nace en Prípiat, entre ovejas de dos cabezas y coches de choque abandonados. No es rojo y con forma de corazón, sino verde e informe. Surge de la oscuridad de un sarcófago de hormigón armado, de la incapacidad de soportar la soledad, y se arrastra buscando la satisfacción propia. Deja una continua sensación de emborrachamiento y un sabor metálico en la boca que precede a una muerte en mitad de la nada. Del olvido, del abandono, del vuelta a la tierra, a las estrellas, y vuelta a nacer. Más adusto, más dolido, peor.
Me gusta teorizar.
